Columna: Desde El Orinoco

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¿Hemos perdido la batalla contra la deshonestidad?

Quiero compartir con mis respetados lectores, un par de historias relacionadas con la honestidad

La primera historia, fue publicada en la página web

https://www.anecdonet.com/10/05/devolver-cambio-de-mas-honradez-honestidad-ejemplo/. Expresa lo siguiente:

“Hace años un sacerdote se mudó a Houston, Texas. Al llegar, subió en un autobús para ir al centro de la ciudad. Al sentarse, descubrió que el chofer le había dado una moneda de 25 centavos de más en el cambio. Mientras consideraba qué hacer, pensó para sí mismo”:

“¡Bah!, olvídalo, son sólo 25 centavos. ¿Quién se va a preocupar por tan poca cantidad? Acéptalo como un regalo de Dios”.

“Pero cuando llegó a su parada, se detuvo y, pensando de nuevo, decidió darle la moneda al conductor diciéndole”:

“Tome, me dio usted 25 centavos de más». El conductor, con una sonrisa, le respondió: «Sé que es el nuevo sacerdote del pueblo. Estaba pensando regresar a la Iglesia y quería ver qué haría usted si yo le daba cambio de más». Se bajó el sacerdote sacudido por dentro y pensó: «¡Oh, Dios mío!, por poco te vendo por 25 centavos”.

La segunda historia la publica Daniel Vehe, en la página web:

https://steemit.com/spanish/@danielvehe/las-5-historias-mas-impactantes-sobre-honestidad

“Era una mañana como cualquier otra. Estaba en mi salón dando clases de Photoshop, cuando Sabrina, una alumna, llega algo retrasada en el horario; estaba llorando y muy angustiada. En el momento que pudo hablar, me dijo que había dejado el dinero, para la inscripción del semestre en el banco. Haría el depósito y la llamaron al celular. Se le olvidó y lo recordó cuando ya estaba a dos calles de distancia. Cuando regresó al banco el dinero no estaba”.

“En el mismo momento que me contaba su tragedia, entró la secretaria de la Directora pidiéndole que suba a su oficina. Yo seguí con mis clases y Sabrina bajó en pocos minutos. Seguía llorando pero su cara había cambiado. Tenía el dinero en sus manos, lloraba de alegría”.

“Un hombre lo encontró al lado de la planilla de depósito donde tenía el nombre de Sabrina como depositante y el nombre del instituto como beneficiario. Así pues, pudo llevar el dinero y entregarlo a la Directora. El hombre no quiso conocer a Sabrina, se fue rápidamente”.

¿Qué nos enseñan estas historias de la vida real?

“Profesor Waldo, Usted nos insiste mucho en el valor de la honestidad, pero estamos rodeados de actuaciones deshonestas, vicios y donde cada quien saca provecho de las debilidades y necesidades de los demás. La honestidad se perdió en Venezuela. Sólo la minoría y en cantidades cada menores, actúan con honestidad”

Este tipo de comentario, el cual escucho con mucha frecuencia, estimados lectores, nos revela que la deshonestidad, falta de ética, han avanzado mucho y amenazan con destruir los cimientos morales y de principios de nuestra sociedad.

Creo que, lejos de “tirar la toalla” y aceptar como “definitiva” e invencible la presencia de la deshonestidad en nuestro entorno, lo que debemos es reforzar con mucha más perseverancia, insistencia y dedicación, los valores y principios morales esenciales en toda sociedad sana y desarrollada.

Comprendo y resulta entendible, mis respetados lectores, que haya sentimientos de cierta impotencia, incomodidad y decepción, por el crecimiento de este destructor flagelo en Venezuela, así como en muchos otros países.

Las sociedades son mejorables, los seres humanos somos susceptibles de mejorar y superarnos. Por tanto, este aparente “descalabro moral” que se observa en la nación, es absolutamente reversible.

Depende de nosotros mismos. Los líderes de cualquier ámbito de la sociedad, padres, maestros, orientadores, supervisores de todo tipo, así como los ciudadanos mismos, debemos hacer acopio de gran reciedumbre y predicar con nuestro ejemplo, los valores morales y particularmente la honestidad y rectitud. Actuar con honestidad, educar en esos valores morales y denunciar toda actuación deshonesta, son nuestros compromisos.

No podemos permanecer “indiferentes” ni hacer caso omiso de tan lamentable y destructor factor de familias, organizaciones y toda la sociedad. Tramposo podemos dejarnos llevar por la frustración y peor aún, “sumarnos” a esas conductas y procederes.

No podemos renunciar a dar la batalla contra esas conductas ni perder la esperanza en que podemos derrotar esas conductas vergonzosas e impedir la destrucción de los cimientos morales de la sociedad.

¿Qué piensas ustedes al respecto?

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Waldo Negrón

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