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domingo 16 agosto 2026 7:20 pm
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MODOS DE VIVIR QUE NO DAN PARA VIVIR O EL OCASO DE LAS PROFESIONES

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Cuando en 1905 Max Weber publica La ética protestante y el espíritu del capitalismo, define a las profesiones “palabras más, palabras menos” como un conocimiento especializado que sirve de sustento económico a la vida de una persona y le permite tener un estatus especial. Esto tradicionalmente ha sido así: siempre se aconsejaba a los estudiantes que analizaban la carrera que querían cursar para obtener un título profesional, que escogieran las “más rentables” desde el punto de vista económico. Me cuentan que cuando una estudiante guayanesa deshojaba la margarita y le dijo a su madre que quería estudiar filosofía, esta le aconsejó: “Hija, métase en algo que le dé real y asegure su futuro”.

Entre las deliberaciones que podemos encontrar en la literatura sobre la importancia de los oficios humanos, se puede mencionar un artículo publicado el 29 de junio de 1835, por el ilustre escritor español, Mariano José de Larra, titulado “modos de vivir que no dan para vivir” al cual ya me referí al analizar el drama de los maestros. Allí el ilustre Mariano, hace una diferencia entre las profesiones que pueden servir de sustento a la vida económica de los hombres y lo que él denomina, una rara super abundancia de pequeños oficios, los cuales, no pudiendo sufragar por sus cortas ganancias la manutención de una familia, son más bien pretextos de existencia más que verdaderos oficios; en una palabra, “Modos de vivir que no dan para vivir”

Dice que al lado de las profesiones conocidas, como la de los abogados y los médicos, cuyo oficio es vivir de los disparates y excesos de los demás; los curas, que fundan su vida temporal sobre la espiritual de los fieles; los comerciantes que reducen hasta los sentimientos y pasiones a valores de Bolsa; los nacidos propietarios que viven de heredar; los artistas, únicos que crean trabajo a cambio de dinero, etc., se encuentran otros trabajos: ventas en el tráfico de tarjetas de Navidad en diciembre, máscaras en carnaval, horchata en verano, cafeteros ambulantes en invierno, etc. Podríamos decir que en ese artículo de mediados del siglo XIX se destaca la diferencia entre las profesiones y oficios menores, como serían los buhoneros de este tiempo, por una parte, y los titulados académicamente, por la otra.

El problema es que años después, la cosa ha cambiado tanto, que los que se consideraban antes como oficios menores, ahora pueden servir de sustento económico a la vida más que las profesiones tradicionales que, ahora, en algunas situaciones, se han convertido en pretextos de la existencia, que no aportan los recursos necesarios para quienes han ocupado parte importante de su vida,estudiando para tener una carrera.

Entre los numerosos ejemplos que podemos citar de ese problema, lo escuché hace unos meses visitando a una persona conocida en la ciudad de Caracas, que después de jubilarse como ingeniera, me dijo que la situación económica de los profesionales que viven en su edificio es tan grave,  que tienen serios problemas para pagar el condominio. No así los que se dedican a la mecánica, la peluquería o los motorizados que se dedican al  delivery.

Pero esto que estamos comentando no es algo que queda reducido a la vida individual de los ciudadanos: Adela Cortina, destacada profesora de filosofía y ética en la Universidad Pontificia de Comillas, señala que una profesión implica no solo tener habilidades técnicas y vocación, sino también un propósito ético: la búsqueda de un bien común a través de una actividad cooperativa, buscando la justicia y poniendo a las personas como fines en sí mismas.

Debo dejar claro que, en ningún momento, estoy criticando a ningún oficio, porque todo trabajo que se hace honestamente dignifica al ser humano, pero hay profesiones que no solo tienen más valor, sino que son indispensables para el funcionamiento de las sociedades.

Podemos mencionar la medicina, la educación, el derecho, la ingeniería en todas sus ramas y así podría continuar enumerando actividades humanas que son las responsables del progreso y que, cuando pierden valor y son abandonadas, los traumas sociales se hacen presentes.

En este momento, se observa con  preocupación, que importantes carreras universitarias han reducido su matrícula al estado  de que casi no hay alumnos, y las universidades se ven obligadas a ofrecer carreras cortas que, sin dejar de ser importantes, no tienen el valor de las tradicionales, que no por ser tradicionales dejan de ser importantes.

El problema que aquí comentamos no es nuevo, pero es de tanta importancia que no se puede ignorar o pretender justificarlo resignadamente, porque se está agravando seriamente, y en él puede estar en juego hasta la existencia misma de las sociedades.

En entrevista reciente que le hicieron al escritor cubano, Leonardo Padura, en la ciudad de Madrid, cuando presentó su último libro, “Morir en la arena”, una persona del público le preguntó cuándo Cuba iba a salir de la crisis que la agobia, y le respondió con una frase corta: «Yo no soy economista, pero creo que eso sucederá cuando un médico pueda vivir de su trabajo».

 José Carlos Blanco Rodríguez 

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