¿Y después de la Cumbre qué?

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Este Gobierno, sus periodistas contratados y la maquinaria propagandística presentan cualquier pequeña acción realizada y cualquier mínimo logro obtenido como algo trascendental. Todo lo que se hace es «primera vez en la historia que se ha hecho» y el evento más insubstancial es presentado como de un «alcance gigantesco». La epopeya de la guerra de independencia aparece como algo sin mayores consecuencias frente al «histórico enfrentamiento de Maduro con las fuerzas imperiales en Panamá». Piden a EEUU un negociador y luego dicen que Obama les rogó que recibieran a un agente de buenos oficios. Las afirmaciones de Obama a la prensa de que Venezuela no es ningún peligro para EEUU son tomadas como el gran triunfo de los no sé cuántos millones de firmas, validadas en cinco minutos por el CNE, sin pararse siquiera a mencionar las declaraciones de Roberta Jacobson, quien en perfecto español dijo que la resolución se quedaba como está.

Si la meta del Gobierno era lograr la derogatoria de la declaración, como todavía se insiste, el fracaso de toda esa política es más que evidente. No hubo ni siquiera una resolución de la Cumbre efectuando esa solicitud ni mucho menos condenando la declaratoria de Obama; de hecho, la petición de Venezuela de incluir en el documento final un párrafo sobre las sanciones al país no tuvo el apoyo de las delegaciones, por lo que al final no hubo ninguna declaración oficial de la Cumbre. La solidaridad con Venezuela estuvo presente en los discursos de varios mandatarios, los presidentes de Ecuador, Argentina, Cuba, Brasil, entre ellos. Luego, hablar de que se trató de una cumbre histórica donde el imperialismo yanqui salió derrotado por Latinoamérica es una actitud sencillamente esquizofrénica, que nada tiene que ver con la realidad y en absoluto ayuda a los intereses nacionales.

Pero la Cumbre terminó. Maduro podrá ser recibido por el cogollo del Psuv como si viniera de la Campaña Admirable. A lo mejor le dan el título de segundo Libertador. Pero lo cierto es que se terminó la excusa para la movilización solidaria con el Gobierno, que -sabemos- tiene carácter electoral. La Marina de Guerra debe dejar las maniobras en el Caribe, donde no hay nada que defender, e ir a proteger nuestra fachada atlántica ocupada por Guyana.